martes, 14 de junio de 2011

Me pregunto qué pensaría quien lo viera, la sangre y el cuchillo en el suelo. Creo que no sería, si encontrara las ganas, si pudiera poner unas condiciones, muy difícil hacerlo. Hace ya mucho que veo la vida desde fuera. Por vincularme demasiado a ella he terminado por entender que no me atañe. Sí, mi perspectiva es subjetiva, como en algunas escenas cinematográficas, pero no siendo yo el sujeto sino el espectador. Así, me vería a mí misma coger el cuchillo más grande del cajón de la cocina, me oiría preguntándome si debería no ir descalza (sería el fin, sería como siempre), si debería preocuparme por mis pies sucios que alguien verá cuando no pueda ya excusarme. Sí, querría verla yo misma antes de que nadie la encuentre. Sería un dolor muy placentero ver su cuello y su sangre, su cuello largo y fino empezando a gotear rojo, su cuello fino y blanco. Podría quererla. Cuando ella ya no pudiera, luego, cuando cayera, la ayudaría a terminar de separar cabeza y cuerpo y a desmembrar todo lo que antes pretendía ser tomado por individualidad. Por amor luego pasaría a mi propio cuello, ese que no me duele.

domingo, 17 de abril de 2011

Wilde, una estética dandificada: el crítico como artista

El pensamiento de Oscar Wilde se engarza en la filosofía del esteticismo, impulsada en su caso por sus tutores Walter Pater y John Ruskin, centrada en una estética dandificada hasta 1895, fecha en la que es condenado culpable y condenado a dos años de prisión con trabajos forzados tras haber sido acusado de sodomía por el marqués de Queensbury. Estos hechos produjeron grandes cambios en su pensamiento, hasta el punto de que abandonó su esteticismo y se convirtió al catolicismo.

Para comprender al Wilde de la primera época resulta bastante ilustrativo conocer cuál es la actitud vital que se encuentra tras su pensamiento. Como entre vida y obra se suele dar una relación casi especular, y no lo es menos en el caso de Wilde (retrato andante de su estética), no podemos pasar por alto aquello que fue antes que escritor, antes que pensador: un dandy.

Es Wilde, junto con Baudelaire, uno de los mayores representantes del dandismo. La postura del dandy es, ante todo, una actitud estética ante la vida, que afecta sobre todo al lenguaje y a la vestimenta. Actitud que a primera vista puede sugerir frivolidad. Ahora bien, el dandismo no es sólo una estética, sino que implica también una ética (si bien la segunda queda subsumida por la primera), una metafísica y una ascesis. Además, implica una rígida y exigente disciplina. El dandy no es sólo aquél que se dedica a vestir bien, a hablar bien, a vivir bien (lo cual no es poco), sino que se trata, además, de una figura esclavizada que roza el estoicismo. Un dandy se condena a una belleza hierática en la que la persona ha de ser escultura perfecta y, como tal, no se puede permitir demostrar un sentimiento de sorpresa, de dolor, de sufrimiento. Es esclavo en su pretensión de convertir su misma persona, su misma vida, en toda una obra de arte. Baudelaire dedica un capítulo al dandy en El pintor de la vida moderna, definiéndolo como "aquél que no tiene otra profesión que la elegancia" y "esos seres no tienen otro estado que el de cultivar la idea de lo bello en su persona, de satisfacer sus pasiones, de sentir y de pensar". El dandismo confina con el espiritualismo y el estoicismo, y representa la necesidad de destruir la trivialidad. Es una forma de rebeldía y agresión contra lo gris, contra todo lo que la vida tiene de común. Frente a la utilidad, el triunfo del arte como artificio. Por encima de la naturaleza, la supremacía de lo artificial. Oscar Wilde se adhiere a este movimiento, identificándose por completo con el dandy de Baudelaire en su ideal de una existencia totalmente inútil. Tras las dificultades de 1895, sin embargo, no fue capaz de personificar por más tiempo el heroísmo estoico del dandy que había promulgado.

En 1891 Wilde escribe El crítico como artista, obra en la que desarrolla las ideas expuestas por Walter Pater en The Renaissence, y que aglutina sus principales ideas estéticas. La doctrina de Pater es hedonista, y predica una suerte de religión del arte y de la belleza: la verdad se encuentra en las apariencias, lo bueno se identifica con el placer. El crítico como artista es un diálogo al modo platónico que consta de dos partes, "Con algunas observaciones sobre la importancia de estar ocioso" y "Con algunas observaciones sobre la importancia de discutirlo todo" (¿no nos recuerdan ya estos títulos a la actitud del dandy?), y cuyo tema central es la defensa del papel de la crítica estética. En el desprecio del dandy hacia lo real, cuanto más lejos de la vida, mejor. En esa medida, la crítica de arte es superior al arte por estar más alejada de la realidad, comunicándose con ella sólo a través de una manifestación que ya es artística.

Siguiendo a Baudelaire, la filosofía de Wilde reivindica la superioridad del arte respecto a la naturaleza e, incluso, respecto a la vida misma. Idea que encontramos no sólo en El crítico como artista, sino también en La decadencia de la mentira, donde asegura que es la naturaleza la que imita al arte, y no al contrario. Podemos ver un Turner en un atardecer, como si la luz estuviera en la pintura antes que en la naturaleza, y fuera ésta la que imita las grandes obras de arte. Esto alude a la transformación que provoca el arte en la mirada humana, profetizando el modo en que el espectador se relaciona con el arte en la época actual. Ya no podemos más mirar la realidad sino a través de ojos educados por el arte. Asimismo, Wilde se anticipa a las ideas de Walter Benjamin: "El futuro pertenece a la crítica". Ciertamente, el arte pertenece hoy a la crítica y, aunque Wilde es claramente elitista y en la actualidad son las masas las que se apoderan de la crítica, las palabras de Wilde no pueden dejar de recordarme a estas otras de Benjamin en La obra de arte en la época de su reproducción mecánica: "el placer de ver y experimentar está directa e íntimamente ligado a la actitud de evaluar. Esta asociación es un indicio de notable importancia social. A medida que recae la relevancia social del arte, se suele producir en el público una disociación entre la actitud crítica y el mero disfrute de la obra".

Si bien la crítica de arte existe, aunque no como disciplina propiamente dicha, desde que existe el arte mismo, sólo a partir del siglo XVIII se convierte en algo explícito y sistemático de la mano de Denis Diderot, considerado como el primer crítico de arte moderno. No obstante, ya en la Antigüedad, en el sentido de que se contaba con normativas canónicas estéticas acerca de lo que era aceptable o inaceptable en las obras de arte, cabe suponer que se practicaba de algún modo lo que a lo largo de la historia iría evolucionando hacia la crítica de arte moderna. No creo aventurado decir que arte y crítica debieron surgir conjuntamente, pues es el espíritu crítico el que genera nuevas formas de expresión, y el arte, desde que existe, no ha hecho más que renovarse en sus estilos y técnicas. El espíritu crítico individual es el motor del cambio en la historia del arte, un espíritu que se rebela ante las formas artísticas, manidas cada vez con más rapidez. Y es que la belleza, sin más, sin crítica, sin violencia, sin cambio, pronto se vuelve insoportable. La historia del arte lo testimonia, pero el fenómeno más patente es, seguramente, la moda, y especialmente la moda a partir del siglo XX.

Frente a la concepción de que la facultad creadora es más elevada que la crítica, siendo la crítica un estorbo para la labor artística, Wilde afirma, en primer lugar, que el arte y la crítica no se encuentran en lugares antitéticos. Más aún, sin la facultad crítica no es en absoluto posible la actividad creadora, ya que el espíritu crítico es el que selecciona y omite y está relacionado con la conciencia de nosotros mismos. El arte no es creación inconsciente, sino el fruto intencional de una conciencia individual. Aquí Wilde continúa desarrollando algunas ideas que ya había iniciado el El retrato de Dorian Gray: apunta que "no es el momento el que hace al hombre, sino el hombre quien crea la época", reafirmando la esencial subjetividad del arte, así como su autonomía e independencia respecto a la época en que se produce.

En cuanto a la crítica como creación, Wilde argumenta que la crítica es innovadora, mientras que la creación tiende a repetirse y a imitar. Además, resulta muchísimo más difícil hablar de una cosa que hacerla: "Cuando un hombre obra, es un títere. Cuando escribe, un poeta". Así, el arte es superior a la vida y, al mismo tiempo, la crítica superior al arte. La crítica es en sí misma un arte y, además, es un arte independiente, ya que no debe ser juzgada por ningún tipo de patrón imitativo, al igual que no debe serlo, por ejemplo, la obra de un pintor. Del mismo modo que el artista puede producir obras de gran belleza a partir de cualquier realidad, por insulsa que ésta sea, el crítico puede, a partir de obras de poca o nula importancia, crear grandes obras. Así, la independencia de la crítica y su similitud con la creación artística se ve aumentada por la libertad en la elección del tema.

Siendo la crítica creación a partir de una creación es más pura en cuanto impresión personal y de algún modo más creadora al reducirse la relación con todo patrón externo -aseveración que refleja de nuevo el desprecio wildiano por la realidad y la vida. La crítica, más que la obra de arte, está referida a la subjetividad de un individuo y a sus impresiones, y no debe ser tenida en cuenta su verosimilitud. A la crítica estética no puede exigírsele la objetividad, sino, más bien, un enriquecimiento de la obra que toma como punto de partida y como pretexto. Por otra parte, la inutilidad del arte que proclamaba en El retrato de Dorian Gray es trasvasable a la crítica como arte en el sentido de que “es un fin en sí misma y para sí misma”.

También en El retrato de Dorian Gray aludía a la inmoralidad del arte, cuyo fin es sólo la emoción por la emoción. Por ello, del contenido de una obra de arte no puede decirse que sea bueno o malo, moral o inmoral, así como es al mismo tiempo independiente de los valores de verdad y falsedad. El arte no tiene una función didáctica ni cognoscitiva: Wilde hace apología de l’art pour l’art, del arte libre que siempre es un fin en sí mismo, nunca un medio supeditado a otra cosa.

Dado que la intención del artista no es definitiva, la obra de arte nunca está acabada, no podemos decir nunca que la hemos comprendido o agotado de un modo completo, ya que siempre tendrá algo nuevo que decir: las grandes obras de arte son cosas vivas. Cada observador puede fijar un nuevo sentido de una obra de arte según su época, y esto es también lo que hace el crítico, que nunca reproduce una obra de un modo imitativo.

Wilde es, por supuesto, deudor de la subjetivación de la conciencia estética iniciada por la Crítica del juicio de Kant, que desemboca en una separación entre el arte y su contexto, desarraigando todo lo que de valor cultual tradicionalmente había tenido y separando lo estético de lo extraestético. Lo importante, será, desde entonces, la conciencia estética, que se erige como centro evaluador de la obra de arte. No parece casual, entonces, el auge y la importancia que la crítica ha ido cobrando hasta nuestros días. Hay que resaltar, por otro lado, que la crítica, al transformar cada arte en literatura, resuelve el problema de la unidad del arte. La teoría estética de Wilde buscaba un arte total como expresión de todas las artes, y encuentra este arte total en la crítica. Esto puede explicar que sus escritos, incluso sus novelas, tengan cierto sabor a crítica.        

domingo, 3 de abril de 2011

Vedme

Si has llegado hasta aquí ha sido por pura casualidad, o bien porque has descubierto que mi muro de Facebook ya no existe. Quizá sea más probable que quien se haya topado con este blog por azar siga leyendo a que lo haga un verdadero usuario de Facebook, alguien que se sienta cómodo con su "perfil". Pero, en realidad es gracias a Facebook por lo que me animo a crear este espacio. Las redes sociales hacía ya mucho que no me satisfacían, que me olían a chamusquina. No podía dejar de visitarlas, pero me sacaban de quicio. Tenía la sospecha de que estaban sustituyendo algo que no eran capaces de sustituir. Y no, no me refiero a las "verdaderas" relaciones personales, ni a la amistad sincera, ni a nada por el estilo. Había algo de lo que yo me estaba privando, y Facebook no llegaba ni a triste sucedáneo. Ahora, como quien sustituye los cigarrillos por caramelos, me hago un blog. Sólo sin ese muro vuelvo a atreverme a ofrecerme al mundo más ligera de reservas. Sin embargo, ¿realmente escribir en un blog es tan diferente como para que mi pudor desaparezca?

Siendo yo de naturaleza tímida, parecería natural que me resultara más complicado exhibirme aquí, en un lugar abierto y al alcance de cualquiera, que entre un reducido número de "amigos" que no llega a las doscientas personas. No obstante, no es así en absoluto. Y me parecía paradójico, por lo que le he dado muchas vueltas a este asunto últimamente. Bien, yo antes solía escribir, sin otra pretensión más que la de meter en un cajón todas esas sombras que me acosan de continuo. No me importaba si resultaba ridículo lo que plasmaba sobre el papel, a menudo mis escritos me resultaban ridículos incluso a mí misma. Pero ésa era yo. Y hasta me sentía orgullosa de ser tan nimia, ridícula, patética, con tal de sentirme libre identificándome conmigo misma como me diera la gana. Luego, solía transcribir lo que mi cabeza escupía cada noche a uno de esos espacios de Messenger (¿os acordáis de Messenger? Sus espacios se parecían bastante a los blogs en una época en la que el uso de éstos no parecía estar permitido a cualquiera). Aquello era liberador, pero se acabó para mí, dejé aquél espacio, ya no suelo escribir. Ese abandono lo achaqué a diversos motivos, que no dejan de tener su relevancia, pero este nuevo modo de comunicarse de las redes sociales fue, ahora me doy cuenta, decisivo. Decisivo para mí, claro.

Lo que creo que hace tan distinto a Facebook de escribir en un blog, en un foro o en un chat es su estructura. Y a mí su estructura me da claustrofobia. Me encierra en mí misma. Todo parece señalarme y querer decirme quién soy, y lo peor es que no es otro sino yo misma quien me está marcando. Enmarcando. Para empezar, mi nombre completo, y bastante grande, encabeza mi muro. Junto a mi foto de perfil. Arriba, mis últimas fotos. En mi muro, lo que hago, lo que pienso, lo que me preocupa, mis intereses. Todo parece señalarme y decir "ésa eres tú". No, más bien es un mandato, es un "sé tú". En cualquier publicación intento ser fiel a ese marco que es el hueco para mi foto. Intento ser reconocible, reconocerme en esas palabras, fotos o vídeos, ya que todo alrededor parece pedirme que me muestre tal y como soy. Puede que esto sólo me ocurra a mí, no pretendo elaborar ningún tipo de teoría al respecto.

Escribir aquí quiero que sea una actividad terapéutica para mí, y poco más. No seré pretenciosa ni intentaré ser rigurosa respecto a ninguno de los temas que trate. Si a alguien le interesa algo de lo que lee, estupendo, la comunicación me interesa. Pero interesar no es mi principal objetivo. Bien. Vuelvo a Facebook.

Facebook es obsceno. Es una paja rápida mirando a alguien que finge no darse cuenta. El contacto es demasiado íntimo, pero demasiadas veces se lleva a cabo sin manchar al otro. Muchos de tus contactos visitan tu perfil, tú visitas los suyos, y lo hacéis sin dejar rastro. Lees lo que escribe casi todo el mundo, no porque te interese, ni siquiera porque te interese la persona en cuestión. Lo haces porque es fácil, porque los contenidos son accesibles y breves, y te largas sin mediar palabra en la mayoría de los casos. Conviertes a las personas en una atracción de feria. Bueno, yo no tengo ningún inconveniente en que alguien entre aquí y se dedique a cotillear. Igualmente puede irse tal y como ha venido. Pero de este modo tendrá que currárselo más, al menos dedicar algo de tiempo a leer unas líneas. En cuanto a las relaciones, soy enemiga de las facilidades. Ése es uno de los motivos principales que me hacen decidirme a semiabandonar Facebook. Sólo he derribado mi muro, de momento no sé si iré más allá. A pesar de que me fastidian las facilidades, como no soy una persona práctica y a veces quiero serlo, Facebook puede seguir siéndome útil para los mensajes privados, los eventos y para no tener que recordar de memoria todos los cumpleaños. Y, por qué no, para echar una ojeada a la mirilla de vez en cuando, ya que os exponéis a ello. Una cosa es que no quiera que sean obscenos conmigo, otra muy distinta es que no quiera serlo yo.







Sin permiso de Maiakovski, siempre quise decir algo así: vedme, con clavos de palabras, clavada en la pantalla.